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Publicado en:Infobae

El empresario que sufre

Sin hombres y mujeres de negocios no hay generación de riqueza. Ningún país del mundo podrá salir del tremendo pozo en el que estamos metidos sin un enorme esfuerzo del sector empresarial


La Madre Teresa de Calcuta solía decir que “hay que dar hasta que duela”. En Argentina la expresión fue adoptada por el sistema político argentino, que la resignificó y la dirigió al empresario medio del país, en un mantra que podría ser: “Tenés que dar hasta que te duela, y que te duela mucho”. Podríamos agregar: “No sólo te va a doler, sino que no te vamos a reconocer nunca, miserable”.

Total, el empresario no sufre porque no tiene sentimientos ni moral. Sólo alguien con una personalidad psicopática y perversa podría echar gente o ponerse a sí mismo y al propio interés siempre como criterio último en la toma de decisiones. Esta falsa creencia es muy popular. Nos gusta pensar en el empresario en estos términos. Pareciese que también el Presidente piensa así. No lo juzgamos, quizás algunos de los empresarios con los que le tocó tratar desde el Estado tengan muchos de los vicios que él denuncia: son corruptos, ineficientes, hacen lobby para cuidar su propio interés y no están atentos a nadie más que a sí mismos. Pero la realidad es que en el país hay 650.000 pequeñas y medianas empresas. Por lo tanto, hay, literalmente, cientos de miles de dueños de empresas e incluso más directivos. Probablemente los que conoce el presidente sean una muestra muy pequeña. Y sesgada. Generalizar, además de apresurado, es falaz.

Los empresarios están pasándola muy mal. Esta conclusión no es consecuencia del sentido común, del termómetro social o de un par de conversaciones informales con empresarios. Es lo que se ve en una encuesta regional que realizamos en cinco países. Los argentinos solemos discutir sin datos. Por eso, toda discusión se vuelve ideológica, además de eterna y estéril. Los empresarios están muy preocupados (73,2% del total de los encuestados) y sufren mucha incertidumbre (71,4%). Eso hace que más de la mitad sufran ansiedad, que el 16,1% tenga miedo y esté triste y que casi un cuarto esté frustrado. Las emociones son tan fuertes que casi un tercio de los directivos argentinos vieron afectada su salud física. Están tan amargados que no sólo no pueden dormir, sino que se enferman: les duele la cabeza, tienen problemas gastrointestinales, contracturas musculares, entre varias otras dolencias. Estamos mostrando una imagen que dista del empresario que mira el mundo desde la torre de cristal. ¡Rompamos ese mito de una buena vez!

Los “miserables” no sólo viven en uno de los países con la mayor carga impositiva del mundo y ven cómo el estado les drena todas sus ganancias y, desde hace casi una década, incluso parte del capital (datos del Reporte Doing Business, del Banco Mundial), sino que, además, nuestro país posee indicadores macroeconómicos que son parecidos a los de países de ingresos muy bajos como Sudán y Zimbabue, en lo que a inflación se refiere. En el contexto de este caos, y para generar más incertidumbre, a los empresarios les cambian las reglas de juego todo el tiempo. Por ejemplo, en los últimos seis meses: se suspendieron las Sociedades por Acciones Simplificadas (SAS), volvieron a aumentar las retenciones, se dio marcha atrás con la responsabilidad fiscal, se instituyó la doble indemnización, se discutió la posibilidad de gravar el blanqueo, no se reglamentó la ley de Economía del Conocimiento, por mencionar sólo algunas innovaciones institucionales de un sinuoso historial de zigzagueo político y legal. Considerando todo esto, no debería sorprendernos que sientan ansiedad, angustia y estén preocupados.

Hay médicos que realizan mala praxis, otros que presionan para que vuelvan las operaciones no esenciales y no son pocos los casos de ausentismo… Sin embargo, colectivamente, todos los días aplaudimos a todos los médicos, agradeciendo a esa enorme mayoría de héroes que exponen su vida para cuidar la nuestra. Los empresarios, en cambio, son todos lo mismo: egoístas. Podríamos aprender de nuestros países vecinos. No hay que irse a Europa, a Australia o a Alaska. En Uruguay el 46% de los empresarios considera que las medidas anunciadas por el gobierno son suficientes para atenuar el impacto de la crisis. En Chile, el 23%. En Argentina… menos del 2%. Lo curioso es que las medidas no son mucho mejores. Pero están acompañadas de signos y de reconocimiento. Se valora el esfuerzo del sector privado, se lo promueve y se toman medidas cuyo mensaje es que el esfuerzo lo hace toda la sociedad, incluyendo al sector público, que en nuestro país no hace más que agigantarse. Los políticos uruguayos se bajaron los sueldos. Los argentinos se los subieron a los empleados públicos que no hacen home office. Aquí los empresarios son “ingratos” y los han acusado de hacer lobby. Imagínense su propusiéramos aplaudirlos…

Quizás el dato más saliente de la encuesta es que los empresarios argentinos son los que más se preocuparon por cuidar la fuente de empleo de sus trabajadores. Durante la crisis, en formato supervivencia, las empresas ajustan costos y tratan de generar más ingresos. Es universal. Se hizo en todos los países de la muestra. La diferencia está en que los argentinos intentaron ajustar los costos no laborales (56%) antes que cualquier otra cosa. No sólo eso, en el marco de una crisis sin precedente, prácticamente una de cada tres empresas consideró iniciativas de Responsabilidad Social Empresaria (RSE). La mirada no estuvo puesta en el interés particular, sino en un otro que trascendía los límites de la estructura organizacional.

Estos datos no son poco. Son una muestra de que el mito del empresario inescrupuloso es eso: un mito. Que los hay, sin dudas. Y también corruptos, ladrones y egoístas. Pero la gran mayoría son personas que están sufriendo, en un contexto de alta criticidad, sin ser valorados, presionados por todos lados y sintiéndose tremendamente solos. Ojalá podamos recuperar esta imagen del empresario: como una persona que se arriesga detrás de un proyecto, de un sueño; la imagen de la persona que sufre y que hace lo mejor que puede, en tiempos excepcionales. No es sólo un deseo de justicia. Es también un deseo interesado: sin empresarios no hay generación de riqueza. Ningún país del mundo podrá salir del tremendo pozo en el que estamos metidos sin un enorme esfuerzo del sector empresarial. Por justicia y por utilidad, empecemos a reconocerlo.

Roberto Vassolo (PhD) es profesor en el IAE Business School - Santiago A. Sena (PhD) es profesor en el IEEM Business School (Uruguay)

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