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Opinión -
Publicado en:Infobae

El político que le puso su nombre a los 90

Sin entrar en tecnicismos económicos, unos pocos puntos pueden ilustrar parcialmente el período que quedó tan asociado al 1 a 1 durante la presidencia de Carlos Menem



Los mayores de 40-45 años tienen su propia perspectiva de lo que significó Carlos Menem. Los menores de esa edad juegan con desventaja. Cualquier cosa menos neutral e intrascendente fue su turno democrático. Esta es una semblanza incompleta de un hombre que le puso sello a la década, la década del 90 es la década de Carlos Menem.

Fueron años intensos con mucha aceptación popular (Menem ganó con 50% en 1995 durante el tequila, ¡y el desempleo en un 18%!), con alineamiento del Partido Justicialista, de los sindicalistas, y del empresariado de grandes firmas, seducido por un caudillo de una provincia marginal. Con los cuestionamientos severos que llegarían después, el fracaso de la convertibilidad explica en parte los últimos 20 años de predominio del kirchnerismo.

Lo de Menem, análogamente a Perón y a Frondizi en el 58, fue transformador. Hubo magnanimidad y visión en un tiempo de florecimiento de ideas liberales post muro de Berlín. Desde la posguerra, no hubo otros casos como estos tres presidentes, fueron programas de impacto en la estructura productiva y social.

Su llegada a la elección sorprendió. Antonio Cafiero era el candidato natural, tenía el aparato, la experiencia. Una vez más, la maldición de Buenos Aires. Nunca sabremos como hubiese sido con Cafiero, seguramente menos audaz y más convencional y más afín a un peronismo histórico que Menem desafió. Dice Pagni: peronismo es entre los pobres y los ricos, optar por los pobres; entre Estados Unidos y el resto, por el resto del mundo; entre el Estado y el mercado, por el Estado. En el caso de Menem se invierten los tres polos.

Fui testigo del acto de campaña del Monumental en 1988 contra Cafiero. Barrionuevo llevó los ómnibus, habló Duhalde en el centro de la cancha armada sobre una estrella federal, y Menem dio un discurso propio de Alan García de los 80. Así fue su campaña, promesas, carisma, magia y populismo. Le preguntó un periodista del ABC de España en el menemóvil: “¿Va a hacer todo esto que suena tan demagógico?”. “No, esto es puro marketing”, le dijo Menem.

Con amplia experiencia de gobernador, preso en Formosa sin rencores, era resistido por el establishment. Sin ideología –un no intelectual que no fue montonero en los 70–, pragmático, con fuerte vocación de poder, llegó a Buenos Aires a disfrutarlo como quien fluye en ese puesto, y del que nunca se quiso ir. Gozaba con el poder sin sufrirlo.

Ganó el 14 de mayo y tendría que haber asumido el 10 de diciembre, pero lo hizo el 8 de julio. Este calendario explica en parte la hiper de 5000 por ciento. Hubo un vacío absoluto de poder de Alfonsín. La hiper fue en cierto modo, como dice De Pablo, “miedo a Menem”.

Cambió enseguida al eje liberal, pulverizó el ideario de la UCD y asumió el programa de Alsogaray. Generó anticuerpos con el Grupo de los 8, con el Frente Grande y con el Frente País, de ambos frentes surgió el Frepaso. Todos los peronistas, salvo casos contados estuvieron con él, su liderazgo fue casi absoluto, y con su carisma enganchó con la sociedad. ¿Fue un gobierno peronista? Según la definición de De la Sota, sí: “Peronismo es interpretar al pueblo” decía el cordobés. ¿Qué influyó en Menem para este viraje? El geólogo Kohan, por sus ideas liberales; viajes a Europa, encuentros con Felipe González; sentido pragmático de evitar el desastre de Alfonsín en economía; los tiempos post muro de Berlín, donde toda la región corrió por la derecha liberal, incluso el ex marxista Fernando Cardozo, quizás el mejor estadista de América latina en la posguerra.

Menem proyectó a “Palito” Ortega, a “Lole” Reutemann y a Daniel Scioli, no tuvo heredero natural y no se armó un movimiento menemista. Es admirado todavía por parte del establishment, pero no generó adeptos que disputaran el poder siguiendo sus ideas. No formó escuela. Fue admirado por los políticos peronistas, en especial por Néstor Kirchner que lo veía como el mejor del sistema.

Sin ánimo de ser estricto, algunos logros: estabilidad -matando la enfermedad crónica desde Juan Perón a la fecha-; salto brutal de productividad en campo -cosecha de 30 a 70 millones de toneladas- y en industria, infraestructura renovada; privatizaciones -algunas buenas y otras que no funcionaron tan bien-; duplicación de exportaciones; modernización; establishment de grandes empresas alineado por poder hacer negocios.

Y también fracasos: rigidez de régimen cambiario que se fue volviendo explosiva; pobreza; desigualdad; duplicación de la deuda pública; corrupción e impunidad.

¿Ahora, cuánto del mérito de los logros fue Domingo Cavallo? Es la misma duda que en el binomio Frondizi-Figerio. Se la dejamos al lector. También se rodeó de otra gente valiosa, de jugadores de toda la cancha, como Carlos Corach o Guido Di Tella.

Y lo que sí es claro que en los 80 Menem hubiese gobernado distinto. Es hijo de su época.

La segunda reelección no se dio; quiso violar las reglas, pero no tuvo margen. Quizás hubiese gobernado mejor la transición, evitando el colapso de la convertibilidad que la Alianza, rota en octubre del 2000 con la renuncia de Chacho Álvarez, no pudo administrar.

Con el diario del lunes: tremenda miopía fue no revisar antes el 1 a 1, ¡pero era tan querido el esquema por las tres clases sociales!

Faltó peronización con más planes sociales, apoyo a los perdedores, a pymes que fueron desplazadas en muchos casos, faltó compensar el índice de Gini, indicador distributivo que se complicó e inaugura la grieta social.

A pesar de haber estado preso y con mucho desprestigio por el fracaso del 1 a 1 ganó en 2003. Pero en la segunda vuelta, con 24% en la primera, no hubiese sacado más de 30 por ciento. Se generó mucho rechazo y no queda como ídolo de la democracia como Alfonsín, que terminó con 5000% de inflación y no con cero. Nunca hubo autocrítica por parte de Menem; Alfonsín sí la hizo: no supimos, no quisimos, no pudimos.

Intuitivo, ganador, pícaro. Menem quería pacificar y unir. Se jugó por la vida desde la concepción con valentía. Se equivocó en los indultos. No merecían la libertad las cúpulas de las fuerzas armadas y de los guerrilleros. Fueron delitos de ambas partes de lesa humanidad. Alfonsín lo tuvo más claro y por su compromiso institucional en este frente, entre otras razones, entró en la historia.

También terminó Menem enérgicamente con lo que bautizó “payasadas de los carapintadas”, en diciembre del 90.

Magnánimo y a la vez un pobre hombre, por los hechos de corrupción que lo llevaron después a buscar fueros protectores en el Senado. Pudo ser un líder, pero le faltó unidad de vida. Si hubiese corregido el rumbo de la convertibilidad y si hubiese sido más íntegro, quizás el país hubiese tomado un rumbo a la chilena o a la uruguaya. En definitiva, no se puede explicar nuestra todavía joven democracia sin la década de Carlos Menem, un verdadero animal político.

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