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Opinión -
Publicado en:Clarin

Es crucial acordar un buen rumbo

Entre tantos otros males, “la grieta”, que nos divide y agobia, dificulta la toma de conciencia de la gravedad de la situación de la economía argentina, de sus consecuencias sociales, y también de las eventuales soluciones.

Por Juan José Llach*

Predomina largamente el intento de identificar a los culpables de la situación actual. Mientras tanto, vivimos una realidad abrumadora, de la que poco se habla pese a surgir bien clara repasando en perspectiva los números hasta 2019, pre-COVID. Con pocas y breves excepciones, nuestro crecimiento económico es lento desde hace tiempo y se detuvo en 2011. Aun en el marco de América Latina, la región emergente menos dinámica, superada por África, en el siglo XXI la Argentina creció tan solo más que México y Venezuela, y en la última década sólo superó al país bolivariano.

Nuestra economía es muy cerrada –con exportaciones más importaciones de sólo un 33% del PIB – y ocupa el puesto 188 entre 198 países. La inversión languidece con sólo un 13,5% del PIB, ubicándose en el puesto 171 sobre 182 países.

La inflación, crónica desde hace 75 años, y alternada con escasos períodos de estabilidad, en su mayoría breves, será en 2021 la quinta mayor del mundo, detrás de Venezuela, Zimbabwe, Surinam y Sudán.

El problema es más indócil por ser la Argentina el país más bimonetario del mundo; el peso se usa sólo para el menudeo, los impuestos y el gasto público y se elige el dólar para los gastos mayores, el ahorro y la inversión. La causa primordial de la inflación es el déficit fiscal crónico que, además, alimenta al bimonetarismo porque que el Estado se endeuda en dólares dado al escaso ahorro en pesos. El riesgo país sigue arañando los 1600 puntos pese a que hace apenas seis meses se formalizó la restructuración de buena parte de la deuda soberana.

La causa predominante del déficit fiscal es un gasto estatal en crecimiento incesante y de productividad escasa -sobre todo en Nación y en la mayoría de las provincias. En 2019 el gasto público era el 38,3% del PIB, muy similar al de los países desarrollados (39,0%) y mucho mayor al 31,9% de los emergentes. Incluyendo, como corresponde, el impuesto inflacionario (¡5% del PIB!), la presión tributaria en 2019 era en la Argentina 38,9%, mayor que el 35,7% de los países desarrollados (sic) y que el 27% de los emergentes.

Por la alta evasión, estimada en un mínimo de 40%, para los pocos cumplidores la presión tributaria se acerca al 60% de sus ingresos. Un tercio de los impuestos, mucho más que en otros países, son de muy baja calidad por castigar directamente a la producción, las exportaciones y la inversión.

Por cierto, los peores resultados de tamaños extravíos son el aumento de la pobreza y de la desigualdad, anteriores a la COVID, ahora agravados. La brisa favorable actual, por el alza de algunos alimentos que exportamos, es de duración incierta y, ya lo sabemos, no alcanzará para superar la declinación descripta.

¿Por dónde encararla? Hay que partir de conocer y aceptar las duras realidades de la Argentina, aunque duela y, sobre esa base, lograr acuerdos básicos. “Ni siquiera en la Argentina” es imposible. Se consiguieron en el Diálogo Argentino de 2002, lamentablemente dejados de lado, incumpliendo las promesas presidenciales al convocarla.

También se alcanzaron acuerdos en países con problemas muy serios, tales como España en los setenta (Pactos de la Moncloa); Israel en 1985, luego de doce años de alta inflación; Chile en la transición de 1990 y, en fin, la superación del Apartheid en Sudáfrica a partir de las elecciones de 1994. Nótese que tres de estos países pasaron antes por guerra civiles o confrontaciones violentas y el cuarto, Israel, ha vivido en estado de guerra desde su constitución actual.

El marco imprescindible para lograr acuerdos en la Argentina de hoy es definir y sostener, con señales claras, un buen rumbo para el país. Sólo en ese marco se podrá encausar duraderamente la macroeconomía de corto plazo, reduciendo el déficit fiscal y la inflación.

Es ilustrativo lo ocurrido en la presidencia de Frondizi, con un rumbo nítido desde su inicio en 1958, centrado en aumentar la inversión, nacional o extranjera, en todos los sectores. Se realizó en medio de grandes desórdenes y con alta inflación, que se encaró recién en 1960, después de un record inflacionario de 129,5% en 1959. Lo dicho no implica ni requiere postergar la estabilización, sino darle un marco que la potencie.

El Consejo Económico y Social creado este año plantea una agenda atractiva, aunque incompleta. Porque para revertir la declinación, el rumbo a fijar necesita también del funcionamiento pleno de las instituciones de la Constitución, hoy cuestionado por muchos y en altas magistraturas, y también una definición de la inserción internacional de nuestro país, hoy muy confusa, como se vio en la última reunión del Mercosur.

En nuestro proyecto “Productividad Inclusiva” (https://www.iae.edu.ar/es/ConocimientoEImpacto/iniciativas/PI/Paginas/default.aspx) proponemos, concretamente, generar más y mejor inversión en capital humano y físico, para crear millones de empleos formales y así eliminar la pobreza y reducir la desigualdad.

Se trata, obviamente, de una tarea de alta complejidad. Pero sería un error, y probablemente un fracaso, intentar resolver la macroeconomía de corto plazo antes de acordar un rumbo adecuado para el país.

Juan José Llach es Sociólogo y economista (IAE y Facultad de Ciencias Empresariales, Universidad Austral)

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