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Inteligencia artificial y filosofía clásica: una mirada sobre sus desafíos éticos

En una lección magistral, el profesor Ricardo Crespo, en el marco del acto de inicio del ciclo académico de la Universidad Austral, analizó el desarrollo de la inteligencia artificial desde la filosofía clásica y reflexionó sobre sus implicancias éticas, antropológicas y sociales.
Publicado jueves 12 de marzo

La inteligencia artificial se ha convertido en una de las fuerzas más influyentes de la vida contemporánea. Su impacto atraviesa la economía, la política, la cultura y también la manera en que comprendemos al ser humano. Frente a este fenómeno, el debate público suele oscilar entre dos posiciones opuestas: por un lado, un entusiasmo tecnocrático que celebra acríticamente sus beneficios; por otro, visiones alarmistas que anticipan la sustitución del ser humano por la máquina.

Para el profesor Ricardo Crespo, ambas posturas comparten una limitación: la falta de una reflexión filosófica profunda sobre la naturaleza de la inteligencia artificial y su relación con la inteligencia humana.

Estas ideas fueron presentadas durante la lección magistral “Inteligencia Artificial, actitud enriquecedora de la humanidad”, donde Crespo propuso analizar este fenómeno desde las herramientas conceptuales de la filosofía clásica.

Comprender qué es la inteligencia artificial

Según explicó Crespo, toda investigación comienza con una pregunta fundamental: determinar la naturaleza del objeto que se estudia. En el caso de la inteligencia artificial, esto implica ir más allá de describir su funcionamiento técnico y preguntarse qué tipo de realidad representa.

Desde esta perspectiva, la filosofía cumple un papel clave. Toda ciencia opera sobre supuestos que ella misma no puede justificar completamente; la filosofía permite explicitar esos supuestos y analizar sus implicaciones.

Para abordar este desafío, Crespo recurre a categorías de la tradición filosófica clásica, particularmente de Aristóteles. Conceptos como sustancia, fin o virtud siguen ofreciendo herramientas útiles para pensar fenómenos contemporáneos complejos.

Aunque la inteligencia artificial pueda llegar a emular comportamientos humanos, señaló el profesor, la diferencia entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana no desaparece. Se pueden simular funciones, pero eso no implica identidad entre ambas.

Técnica, tecnología y ética

El desarrollo de la inteligencia artificial también debe comprenderse dentro de la evolución histórica de la tecnología.

En la filosofía clásica, Aristóteles definía la téchne como una disposición racional orientada a la producción. La técnica no era simplemente un conjunto de procedimientos, sino una capacidad vinculada al conocimiento de las causas y al logro de un fin.

Además, la técnica estaba subordinada a la praxis, es decir, a la acción moral. La producción técnica formaba parte de la vida ética de las personas.

Esta concepción se transforma en la modernidad. La técnica se emancipa de la ética y se convierte en tecnología, desarrollando una lógica autónoma orientada al dominio de la naturaleza y a la maximización de la eficiencia.

En este contexto surge lo que algunos autores denominan imperativo tecnológico: todo aquello que es técnicamente posible tiende a realizarse, incluso antes de preguntarse por sus consecuencias éticas.

Inteligencia artificial e inteligencia humana

Para comprender mejor la inteligencia artificial, Crespo propone analizar sus dos componentes: qué significa que sea artificial y qué significa que sea inteligencia.

En primer lugar, los artefactos carecen de un principio interno de movimiento y de finalidad. Su forma y su propósito provienen de agentes externos. La inteligencia artificial comparte esta característica: puede operar de manera autónoma en términos funcionales, pero no posee autonomía en sentido ontológico.

La autonomía técnica, explicó Crespo, no debe confundirse con libertad ni con agencia moral.

En segundo lugar, aparece la cuestión de la inteligencia. La inteligencia humana implica capacidades como la abstracción, la comprensión de causas, la autoconciencia y la integración de dimensiones emocionales, sociales y morales.

La inteligencia artificial, en cambio, opera principalmente mediante reconocimiento de patrones, correlaciones estadísticas y predicciones.

En otras palabras, mientras la inteligencia artificial identifica patrones en grandes volúmenes de datos, la inteligencia humana comprende significados.

Según Crespo, dos capacidades intelectuales humanas resultan especialmente relevantes en esta distinción: la abstracción, que permite comprender la esencia de las cosas, y la abducción, que consiste en formular hipótesis explicativas sobre un fenómeno.

Los sistemas de inteligencia artificial pueden simular ciertos procesos de inferencia, pero carecen de comprensión causal genuina. Manipulan símbolos con gran eficiencia, pero no comprenden su significado.

Desafíos para la vida humana

El desarrollo de la inteligencia artificial también plantea interrogantes sobre sus efectos en la vida humana.

Uno de los riesgos señalados por Crespo es la delegación creciente de capacidades intelectuales. Si las personas dependen cada vez más de sistemas automáticos para analizar información o tomar decisiones, podría producirse un empobrecimiento progresivo del juicio humano.

La inteligencia artificial introduce una novedad respecto de tecnologías anteriores: afecta dimensiones profundamente humanas como pensar, deliberar y decidir.

Cuando los sistemas automáticos comienzan a intervenir en ámbitos sensibles, como la justicia, el crédito o la salud, existe el riesgo de que las personas confíen ciegamente en sus resultados y suspendan su propio juicio.

Esto puede generar una erosión gradual de la responsabilidad individual y de la autonomía práctica.

Hacia un humanismo tecnológico

Frente a estos desafíos, Crespo sostiene que el problema de la inteligencia artificial no es únicamente tecnológico, sino fundamentalmente ético y antropológico.

Por eso propone recuperar enfoques como el humanismo tecnológico, desarrollado por autores como Alfredo Marcos y Marta Bertolaso, o el concepto de virtudes tecnomorales propuesto por Shannon Vallor.

Estos enfoques buscan reintroducir criterios éticos en el desarrollo tecnológico y orientar la innovación hacia el florecimiento humano.

Aunque los marcos regulatorios y las políticas públicas cumplen un papel importante, especialmente en cuestiones como transparencia, equidad o protección de datos, Crespo advierte que la regulación jurídica por sí sola no es suficiente.

El rol de la universidad

En este contexto, la universidad tiene una responsabilidad particular. Su misión no consiste únicamente en producir conocimiento, sino también en formar personas capaces de ejercer un juicio moral responsable.

La inteligencia artificial ofrece oportunidades reales para el desarrollo humano. Sin embargo, el desafío central no radica solo en el avance tecnológico, sino en preservar criterios éticos y antropológicos que permitan integrar estas herramientas en una cultura verdaderamente humana.

Ricardo Crespo es profesor de la Universidad Austral. Es licenciado en Economía y en Filosofía, y doctor en Economía por la Universidad de Ámsterdam. Actualmente se desempeña como investigador ad honorem del CONICET. Su investigación reciente sobre inteligencia artificial quedó plasmada en el libro A Classical Philosophical Approach to Artificial Intelligence, donde analiza el fenómeno desde la tradición filosófica clásica.

Fuente/Copyright: Ricardo Crespo