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La nueva geografía de las exportaciones argentinas: más dólares, menos fragilidad

En los últimos años, la estructura exportadora argentina comenzó a mostrar señales de una reconfiguración inédita que resultan relevantes para pensar la sostenibilidad macroeconómica del país.
Publicado jueves 8 de enero

A la tradicional centralidad del complejo agroindustrial se le sumaron de forma creciente sectores como los hidrocarburos no convencionales, la minería y los servicios basados en el conocimiento. No se trata simplemente de una diversificación sectorial. La gran promesa es generar más dólares y esto en sí mismo ya constituye un hecho muy relevante para Argentina.

La economía argentina arrastra desde hace décadas una restricción externa estructural. Cada fase de crecimiento termina chocando, tarde o temprano, con la escasez de divisas, forzando ajustes abruptos del tipo de cambio que erosionan la inversión, el empleo y la previsibilidad, y que frecuentemente generan recesiones. En ese contexto, la expansión reciente de exportaciones puede constituir un pilar potencial para sostener la estabilidad macroeconómica y evitar que el crecimiento vuelva a ser un fenómeno efímero.

Durante mucho tiempo, las variaciones en el valor de las exportaciones argentinas estuvieron explicadas casi exclusivamente por cambios en los precios internacionales y no por aumentos sostenidos de las cantidades exportadas. En otras palabras, el país exportaba más cuando los precios acompañaban, pero no necesariamente porque vendiera más al mundo. En los últimos años, sin embargo, este patrón comienza a mostrar señales de cambio. El desarrollo de Vaca Muerta, la expansión de proyectos mineros y la consolidación de empresas de servicios basados en el conocimiento están permitiendo un crecimiento más genuino de los volúmenes exportados, de las capacidades productivas y de la presencia en mercados internacionales. La distinción es clave: mientras los precios responden a factores volátiles y exógenos, el aumento de las cantidades exportadas es el resultado de decisiones de inversión, acumulación de capital, aprendizaje productivo y una mirada de largo plazo.

Desde luego, estos sectores presentan características que alimentan debates legítimos. En muchos casos siguen siendo intensivos en recursos naturales y no se destacan por una elevada generación directa de empleo. Sin embargo, desde una perspectiva macroeconómica, el aporte de dólares resulta insustituible. Sin estabilidad cambiaria, sin acumulación de reservas y sin acceso normal al financiamiento, ningún modelo de desarrollo —industrial, tecnológico o de servicios— es viable de manera sostenida.

Además, la discusión no debería limitarse al empleo directo. Tanto la energía como la minería y los servicios basados en el conocimiento generan encadenamientos relevantes: proveedores industriales, servicios técnicos, logística, infraestructura, financiamiento, formación de capital humano y capacidades tecnológicas que pueden irradiar al resto del entramado productivo. La clave está en las reglas de juego, los incentivos y la capacidad de articular políticas que maximicen estos efectos, evitando caer en esquemas extractivos de corto plazo.

Otro aspecto central es la previsibilidad. Estos sectores requieren horizontes largos de inversión y marcos regulatorios estables. La volatilidad macroeconómica, los cambios frecuentes en las reglas y las restricciones al comercio exterior operan como un impuesto implícito que desalienta la expansión exportadora. En ese sentido, la estabilidad no es un objetivo abstracto: es una condición necesaria para que estas actividades sigan generando dólares de manera sostenida.

Para los empresarios, esta reconfiguración plantea desafíos y oportunidades. Por un lado, obliga a repensar estrategias en un país cuya matriz exportadora comienza —lentamente— a ampliarse. Por otro, pone en evidencia que la estabilidad macroeconómica no llegará por un solo sector “salvador”, sino por la combinación de varios motores exportadores capaces de sostener un flujo de divisas consistente en el tiempo.

La pregunta hacia adelante no es si estos sectores deben crecer, sino cómo lograr que lo hagan de manera sostenible, con previsibilidad regulatoria, integración local y una macroeconomía que no castigue al que invierte y exporta. En un país acostumbrado a discutir el corto plazo, la nueva geografía de las exportaciones ofrece una oportunidad para volver a pensar el desarrollo desde una lógica más estructural y menos reactiva.

Fuente/Copyright: Lucas Pussetto