Argentina ya es el principal exportador mundial de productos derivados de la soja, posee una de las mayores bases de recursos de litio a nivel global y alberga Vaca Muerta, el segundo recurso de gas de esquisto más grande del planeta.
La estabilización fiscal, la desregulación y una reforma laboral recientemente aprobada por Milei esta semana en el Senado después de meses de batalla política, señalan un cambio de una economía impulsada por el consumo y apoyada por el Estado hacia una centrada en las exportaciones, la productividad y la inversión privada
La reforma laboral acerca las negociaciones salariales al nivel de cada empresa, acota las definiciones de indemnización por despido, agiliza los litigios e introduce mecanismos de indemnización financiados por el empleador. Su objetivo es claro: reducir el riesgo de contratación, expandir el empleo formal y restaurar la credibilidad de Argentina en los mercados globales.
Los inversores siguen de cerca la situación. Quienes apoyan la legislación sostienen que podría reducir las tasas de interés y ayudar a que Argentina vuelva a acceder a los mercados internacionales de bonos tras su incumplimiento soberano de 2020. Milei viajará a Nueva York este mes con el objetivo de persuadir a Wall Street de que Argentina vuelve a ser un destino atractivo para la inversión.
En el plano interno, el panorama es más complejo. El desempleo ha superado a la inflación como la principal preocupación de los votantes. Las empresas manufactureras anticipan despidos. Aumenta el trabajo informal y por encargo. Los índices de aprobación del gobierno son frágiles.
Este es el conocido péndulo argentino: reformas audaces, resistencia feroz y apuestas elevadas. ¿Cómo convertir esto en un desarrollo sostenible? Dependerá menos de los textos legales y más de cómo respondan los ecosistemas estratégicos de Argentina.
A dos años del inicio del proceso de reforma, el panorama productivo muestra una clara divergencia.
Los sectores orientados a la exportación vinculados a la demanda global han ganado impulso. Las cadenas de valor agroindustriales actúan como ancla en la generación de divisas; Argentina sigue siendo un líder mundial, figurando entre los principales productores de soja y los mayores exportadores de harina y aceite de soja. Las exportaciones agropecuarias continúan dominando los ingresos de divisas del país.
Tras el fuerte impacto de la sequía, la mejora de los precios internacionales y algunos ajustes regulatorios estabilizaron la producción y la capacidad exportadora. Sin embargo, el crecimiento del empleo en el sector agrícola es limitado debido a la mecanización. La oportunidad del ecosistema agroindustrial no reside únicamente en expandir las materias primas, sino en el procesamiento con valor agregado, la modernización tecnológica y la integración de las PyMEs en plataformas exportadoras. Si bien existe coordinación, esta sigue siendo desigual.
El litio cuenta una historia similar, aunque con matices. Argentina posee una de las mayores bases de litio del mundo y se ubica entre los principales actores globales en términos de reservas. La producción y los ingresos por exportaciones han aumentado a medida que nuevos proyectos en el noroeste comenzaron a operar. El empleo minero ha crecido modestamente o incluso ha disminuido debido a la alta intensidad de capital del sector.
El desafío del ecosistema no es solo la extracción. La cuestión clave es si los gobiernos provinciales, los inversores, los institutos técnicos y los proveedores locales pueden desarrollar e impulsar conjuntamente capacidades industriales posteriores, empleo productivo y cadenas de valor locales resilientes, en lugar de permanecer en un modelo de exportación de materias primas. Están surgiendo clústeres coordinados, pero aún están en desarrollo.
En el sector del petróleo y gas de esquisto, Vaca Muerta ha alcanzado niveles récord de producción y ha posicionado a Argentina entre los productores no convencionales de más rápido crecimiento. Las mejoras en la productividad han reducido los costos de extracción acercándolos a la competitividad global, y las exportaciones de energía ayudan a estabilizar las cuentas externas. El empleo en los servicios petroleros y gasíferos en torno a Neuquén ha crecido modestamente, aunque el sector sigue siendo intensivo en capital. La pregunta estratégica: ¿seguirá el ecosistema energético siendo un enclave exportador o se convertirá en un punto de apoyo para un desarrollo industrial más amplio a través de servicios, infraestructura, petroquímicos y la modernización de proveedores?
La economía del conocimiento muestra un perfil diferente. Argentina cuenta con una base competitiva a nivel global de exportadores de software y servicios profesionales. El sector ha resistido la volatilidad macroeconómica gracias a ingresos vinculados al dólar, y el empleo se ha mantenido relativamente mejor que en los sectores dependientes de la demanda interna, aunque la contratación se desaceleró durante las recesiones. Sin embargo, el crecimiento del sector sigue limitado por la escasez de talento y por marcos de políticas inestables.
Mientras tanto, otros sectores absorben los impactos del ajuste. Las PyMEs manufactureras dependientes del consumo interno se han contraído ante el crédito restringido y la reducción del poder adquisitivo. La construcción vinculada a la obra pública ha caído con fuerza debido a la austeridad fiscal que redujo los grandes proyectos estatales. En los servicios urbanos aumenta la informalidad.
El desempleo, durante mucho tiempo opacado por la inflación, se ha convertido en una preocupación social central. La creación de empleo se concentra en la energía, los servicios vinculados a la minería y el trabajo del conocimiento orientado a la exportación, mientras que la destrucción de puestos de trabajo ha sido marcada en la construcción de obra pública, la manufactura de baja productividad y los sectores sensibles al consumo. El balance neto sigue siendo política y socialmente frágil.
El objetivo de Argentina no puede ser solo el crecimiento. La estrategia nacional debe combinar el desarrollo económico y la cohesión social, no dar por sentado que la estabilización y la liberalización tendrán un efecto de goteo. La economía de goteo a menudo ha producido lo contrario: una desigualdad persistente.
Una estrategia ecosistémica ofrece un enfoque diferente. Considera el empleo productivo en sectores dinámicos y el empleo local en sectores no transables como puente entre el desarrollo, la cohesión social y la estabilidad regional. Integra la mejora de la productividad con las vías de acceso al empleo, la formación de competencias, la coordinación institucional y la inclusión regional.
El crecimiento intensivo en capital en sectores como el litio, el shale o la agricultura no genera automáticamente oportunidades amplias para la población. Para ello se requiere una alineación deliberada entre empresas, universidades, gobiernos regionales, sindicatos, instituciones de formación y plataformas exportadoras.
Este enfoque surge de cinco años de investigación aplicada con casos reales en más de diez ecosistemas estratégicos de Argentina. El estudio examinó ecosistemas que definen volumen —como el agro, el litio, el gas de esquisto, la construcción y las tecnologías de la información— y otros que definen posicionamiento, como el vino y el polo. En todos los casos aparece un patrón: cuando los actores coordinan agendas compartidas de mejora productiva, la volatilidad se vuelve más manejable. La confianza a nivel micro estabiliza las expectativas incluso cuando la política nacional las desestabiliza.
El ecosistema vitivinícola argentino, el Milagro del Malbec, es un claro ejemplo. En la década de 1980, la industria estaba fragmentada, introspectiva y atrapada en batallas por la captura de valor mediante subsidios y apoyos a los precios. La calidad era deficiente y la reputación internacional, insignificante. A partir de la década de 1990, los productores mendocinos pasaron de la competencia de suma cero a la colaboración en el ecosistema. Instituciones como Vinos de Argentina y COVIAR fomentaron las alianzas público-privadas, la comercialización conjunta y la modernización técnica compartida. Universidades y productores colaboraron, forjando una confianza frágil pero creciente.
El Malbec se convirtió no solo en una variedad de uva, sino en una marca global. Para 2010, Argentina se había convertido en el cuarto mayor exportador de vino a Estados Unidos. Los productores pasaron de competir por subsidios a colaborar en la creación de valor, alineándose en estándares de calidad, estrategias de marketing y coordinación institucional. La clave fue pasar de la captura de valor a la creación de valor.
La historia no terminó ahí. Durante la década de 2010, el mercado mundial del vino enfrentó dificultades estructurales en la demanda y presiones sobre los márgenes. La lección aprendida fue: los ecosistemas construidos durante la expansión deben adaptarse durante la contracción. La marca por sí sola no basta; la productividad, la diferenciación y la innovación coordinada se vuelven decisivas.
Esa lógica de dos fases se aplica directamente a la transición actual de Argentina.
Argentina posee muchos de los ingredientes necesarios para la transformación: recursos naturales de clase mundial, una capacidad energética en expansión, talento tecnológico competitivo a nivel global y reformas destinadas a mejorar el clima de inversión.
Pero los ingredientes por sí solos no garantizan resultados. El futuro de Argentina se decidirá no solo en el Congreso, sino en sus ecosistemas regionales y en el liderazgo que transforma las ventajas naturales en un desarrollo integral sostenible.
Fuente/Copyright: Héctor Rocha y Dominic Houlder - Forbes
