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IA, qué esperar entre la euforia y la duda

La evidencia sobre aumentos en la eficiencia y la productividad es fundamentalmente micro: sectores específicos y tipos de tareas
Publicado viernes 10 de abril

En los últimos meses, la discusión sobre inteligencia artificial (IA), productividad y crecimiento se convirtió en un actor capaz de mover mercados en cuestión de horas. Un documento publicado por Citrini Research, que imagina un escenario de fuerte disrupción económica hacia 2028, generó reacciones inmediatas en analistas e inversores, e impactó en precios de acciones vinculadas al ecosistema tecnológico. El episodio confirma que los mercados son extremadamente sensibles ante noticias que alteran el relato dominante sobre la IA. Es lógico: las valuaciones se basan en expectativas de ganancias extraordinarias futuras, y pequeños cambios en el timing, la magnitud o la forma en que la productividad podría materializarse se traducen en movimientos significativos.

Pero no es momento de realizar extrapolaciones apresuradas. El informe de Citrini sacudió los mercados no porque anticipe un escenario decepcionante para la productividad y el crecimiento, sino porque anticipa una "crisis global de inteligencia" hacia 2028, cuando la IA deje de ser una herramienta marginal y comience a sustituir masivamente tareas cognitivas de alta calificación y genere una disrupción mucho más profunda que la que puede anticiparse a partir de los datos que tenemos ahora. El ruido generado tiene que ver con que el escenario, muy disruptivo, podría ocurrir antes de lo previsto.

Más allá del timing, lo cierto es que la IA está desplazando el cuello de botella del crecimiento económico. Tradicionalmente, la restricción central fue el conocimiento humano, pero hoy la ejecución potencial de tareas medibles se vuelve casi ilimitada y de costo marginal decreciente gracias a agentes cada vez más autónomos. Pero aparecen nuevos problemas. Por ejemplo, la capacidad de verificar que la "producción" generada por la IA sea correcta y segura sigue dependiendo de la atención y el juicio humano, un recurso escaso, costoso y difícil de escalar.

Esta asimetría puede inflar las métricas de productividad sin garantizar creación de valor genuino: alta producción nominal, pero menor agencia y confianza efectiva. ¿Podría ocurrir que se sobreestime el crecimiento de la productividad a partir de una lógica de mercado que incentiva despliegues rápidos y no verificados, y que el propio PIB sobredimensione el verdadero progreso? Es una posibilidad real.

¿Pero qué evidencia tenemos ahora? La evidencia sobre aumentos en la eficiencia y la productividad es, hasta aquí, fundamentalmente micro: corresponde a estudios realizados en sectores específicos y tipos de tareas. Pero a nivel macroeconómico, que es lo realmente relevante, no hay mucho por mostrar. El indicador clave a seguir es la productividad total, porque su crecimiento mide la tasa a la que puede expandirse el PIB más allá de lo explicado por el trabajo y el capital. En Estados Unidos la productividad creció a tasas superiores al 2% con el boom de internet, pero luego cayó hasta un decepcionante promedio del 0,6% entre 2011 y 2019. Los datos de 2023 y 2024 son algo más auspiciosos y algunas estimaciones sugieren una tasa muy cercana al 2% en 2025. ¿Esto se debe a la IA? Aún es difícil saberlo con certeza.

Si la IA es realmente disruptiva, el crecimiento de la productividad podría aumentar hasta cinco veces según algunas estimaciones. Si, por ejemplo, en un país determinado la productividad ha crecido al 0,5% anual (una tasa acorde al promedio de algunos países de Latinoamérica), este tipo de IA podría elevar ese crecimiento al 2,5%. ¿De dónde surgiría semejante transformación? Primero, de la capacidad de la IA para contribuir radicalmente a la creación de nuevos bienes, servicios y procesos productivos. Segundo, de su impacto sobre el mapa de la escasez relativa de recursos, al hacer más abundante el conocimiento. Tercero, de su potencia para dar lugar a nuevos tipos de organizaciones e instituciones.

El desafío, sin embargo, es cómo gestionar la expectativa para que esos aumentos en la productividad comiencen a materializarse. Un estudio reciente basado en casi 6.000 CFOs, CEOs y ejecutivos de Alemania, Australia, Estados Unidos y Reino Unido muestra que, aunque alrededor del 70% de las empresas utiliza IA activamente, solo el 20% reportó impactos en la productividad en los últimos tres años. No obstante, las propias empresas anticipan efectos medibles en el corto plazo, proyectando un aumento de 1,4 puntos porcentuales en la productividad en los próximos tres años.

Así, el debate internacional no gira tanto en torno a estimaciones puntuales como a escenarios posibles. En el extremo de muy baja probabilidad aparece el escenario de la singularidad tecnológica. En su versión teórica benigna, la IA crecería de forma explosiva, resolvería el problema de la escasez y permitiría producir prácticamente todo en cantidades suficientes, disparando el crecimiento económico. En su versión no benigna, el desenlace sería catastrófico. Lo más sensato es trabajar con escenarios ampliamente debatidos por analistas y académicos.
Las probabilidades asignadas a cada escenario difieren según el enfoque. Los tecno-optimistas esperan un escenario de boom e incluso cambio de fase (es decir, un escenario con un cambio general en las reglas del juego, el funcionamiento de los mercados, el rol del Estado).

Pero otros sostienen que el impacto de la IA sobre la productividad será probablemente más acotado.

En este contexto, el debate no debería resolverse en términos binarios -boom o decepción- sino en clave de escenarios. La evidencia actual no confirma todavía un cambio estructural en la productividad agregada, pero tampoco lo descarta hacia adelante. Frente a una tecnología cuyo impacto potencial es elevado pero incierto en magnitud y timing, las empresas deberían trabajar con hipótesis alternativas: desde un sendero de mejoras graduales en la productividad hasta un despegue más acelerado. Y planificar en consecuencia.

*PROFESOR DE ECONOMÍA EN IAE Business School

Fuente/Copyright: Lucas Pussetto - Revista Fortuna