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Por qué los empresarios no confían en el país

BIENIO COMPLICADO. Más inflación y crecimiento mínimo hasta las elecciones presidenciales. La gran preocupación es el estancamiento desde el 2011, además de la falta de planes alternativos al oficialismo. Eduardo L. Fracchia
Publicada 11 de marzo

​Estamos ante una situación económica estructural desde la segunda presidencia de Cristina Kirchner: un país que no funciona; gobiernos de gran ineficacia y falta de capacidad, a pesar de las buenas intenciones de un macrismo que fracasó en economía, aunque si hubiera sido reelegido podría haber mejorado porque las ideas eran coherentes a pesar de errores graves, como el manejo con el FMI.

Asimetrías. En el país conviven islas de excelencia, como el cultivo de limones de exportación en Tucumán, con amplios reservorios de pobreza y marginalidad. Un problema agravado por el estancamiento de los últimos diez años.

El gobierno del presidente Alberto Fernández sigue desarticulado y cada vez va a ir a peor, aunque sin una crisis terminal como la de la Alianza que rompió la coalición. Seguirá la pelea interna, pero no van a romper lanzas; no les conviene dado que necesitan unidad para el 2023, que es mañana mismo. Llegarán divididos a la elección, aunque con un relato de unidad y con las banderas de la justicia social.
El peronismo, dice Loris Zanatta, está en baja. Está por verse este diagnóstico de un especialista; personalmente, lo veo con enorme potencial siempre que cuente con dirigentes adecuados. Es el justicialismo un recuerdo que da voto, y muchos. El kirchnerismo secuestró al peronismo criticando la versión neoliberal pro establishment de Carlos Menem en los ´90.
El kirchnerismo, como dice Andrés Malamud, es un fenómeno básicamente del AMBA. La injusticia de la coparticipación que castiga a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y a la provincia de Buenos Aires implica tensiones que se manifiestan en esta demanda de limosna populista que vemos en los planes básicamente en el conurbano bonaerense.
Sigue la novela del Fondo Monetario Internacional, parece que seguirá el conflicto. Nadie quiere pagar el costo del ajuste; el kirchnerismo quiere llegar a las elecciones sin ajustes, tema complejo porque una pobreza rumbo a 50% marca la cancha de la política.
La economía entre puntas parece que este año crecerá cero; quizás en la medición convencional, 2%, pero es un tema de arrastre estadístico.
Un año muy malo es éste con una inflación que va hacia 65% y con probabilidad nula de salto hiperinflacionario.
La balanza comercial genera dólares, pero no se reflejan en reservas; este desvío no es casual y obedece a operaciones que hace el Banco Central para contener al mercado paralelo.
Con relación a la inversión, según una encuesta relevante el 70% de los que responden indican que no va a crecer en lo que queda del kirchnerismo.
Quizás crezca si gana Juntos, o no; depende de los incentivos y de la fuerza de la coalición política vencedora.
Si ganan los K seguiremos con estancamiento de la inversión y con estanflación, pero no yendo a Venezuela; serán años parecidos a los de Raúl Alfonsín, con una macro muy distorsionada, con la excepción de dieciséis meses promisorios del Plan Austral que se rifaron por la política laxa. El salario real sigue muy bajo; con los magros ingresos de los jubilados el gobierno hace lo imposible para bajarlos y lo va consiguiendo.
Estamos frente a una crisis brutal de confianza en la clase dirigente; es común a toda la región, según registra Latinobarómetro; por eso aparecen propuestas extrañas como las de Jair Bolsonaro o Javier Milei, que son utópicas pero relevantes ante el hastío con dirigentes corruptos e ineptos en la región, aunque con muchas excepciones.
El Fondo quiere cierto ajuste, bastante pequeño; el déficit total de 5 % respecto al PIB es importante pero mucho más para un país sin crédito.
Es análogo al caso de una PYME que no es bien evaluada crediticiamente por los bancos; es un país increíble, sin credibilidad interna y externa.
Se quiere cerrar el déficit con más impuestos y con suba de tarifas. El tarifazo siempre asusta y se teme que ahuyente votos, como le ocurrió a Mauricio Macri.
Los políticos del Frente de Todos más probables para presidir el país no son en líneas generales idóneos en economía. Cristina nunca entendió lo básico del sistema económico a diferencia de su marido, que tenía ciertas intuiciones, aunque sin ninguna preparación técnica.
Sergio Massa tiene criterio y sigue pensando como cuando militaba para Álvaro Alsogaray, pero al ser el candidato de La Cámpora traicionará su pensamiento por poder, como suele ocurrir en la política con minúscula que él representa.
Si gana Máximo Kirchner, es de esperar poca claridad y un enfoque más cercano al peronismo clásico de los 50: estatista, anti Fondo y anti Estados Unidos, propio del coronel Juan Perón, el del GOU, un movimiento antialiados y pro Eje.
Axel Kiciloff es un candidato ideal para Cristina: no tiene carisma, conoce muy bien la economía marxista, pero ésta no es funcional desde los ´70; atrasa.
Pueden aparecer tapados como Juan Schiaretti, que lucen más razonables, aunque es muy poco probable, les falta la vocación incontenible de poder de Menem o de Massa. Schiaretti, en particular, es demasiado moderado y ya mayor.
Juan Manzur podría ser un líder del peronismo del centro, federal, pero se apagó y parece que llega al 2023 con poca nafta. Alberto Fernández y Martín Guzmán tienen fuerte vocación presidencial, pero ningún espacio para trascender, no son políticos admirados en el país y aún no muestran resultados concretos de gestión. No generaron goles para la sociedad y, en este contexto, no lo harán.
Del lado de Cambiemos, el segundo tiempo de Macri podría mejorar respecto al primero con humildad para escuchar y no manejar el país como si fuera Sevel o Socma, con menor entusiasmo con la ceocracia y mayor apertura al peronismo y al radicalismo.
Horacio Rodríguez Larreta tiene chances: entiende de economía; pocas críticas de la sociedad en una ciudad muy rica; bajo carisma; sueño de poder intenso, que es necesario; buenos equipos; alianza valiosa con María Eugenia Vidal, que le suma. Sería un buen gobierno con Hernán Lacunza como un ministro de Economía que no viene de los papers y se lo ve sólido y con capacidad de conducción de un ministerio que debe ser bien integrado y no atomizado, como fue el de Alfonso Prat Gay o el actual de Guzmán.
Patricia Bullrich pelea, es coherente, con criterio, está bien posicionada; no es una estadista como Arturo Frondizi o Fernando Henrique Cardoso, pero tiene agallas y cabeza. Lo haría bien con ideas capitalistas.
Los radicales quieren participar, hay siete dirigentes idóneos para presidir el país entre sus filas, cuatro con mucha capacidad, tres más limitados Claramente en estos tiempos la política es el 90% y el 10% es el aporte de los economistas. El partido se define desde la política porque así lo demanda la actual crisis. Juntos enfrentará, si gana, el desafío del sistema justicialista en contra (recordemos las piedras al Congreso), que siempre busca desestabilizar, salvo experiencias cortas como la de Antonio Cafiero como opositor.

DECADENCIA. Estancamiento más inflación más pobreza, el resumen de una situación estructural desde la segunda presidencia de Cristina Kirchner, que ni Mauricio Macri ni Alberto Fernández lograron revertir.


La sociedad demanda goles que no llegan y ése es el mayor consenso, los resultados. Hay que seguir con el casco en las firmas porque hasta el 2023 no hay nada para esperar, aunque es muy difícil que se presente una crisis seria estando el cepo, que contiene la explosión cambiaria; básicamente, tendremos 60% de inflación en el bienio 22-23 y crecimiento cercano a cero.
Alberto Fernández terminará su gestión con 55% de pobreza controlando al conurbano y dándole limosna a los denominados planeros de la economía popular. A partir de 2023 se abre un horizonte de esperanza, pero Ezeiza sigue dominando en la cabeza de los jóvenes ABC1 porque no se ve un rumbo capitalista proprivado y se entusiasman con Milei. El rumbo alternativo de este país bifronte es un relato que atrae por su demagogia, filiación peronista, discurso antiajuste, afán de protección industrial y sensibilidad cultural, entre otros factores. Nos siguen viendo del exterior por nuestro estado de crisis. propio de una enfermedad crónica; un país que no es rico pero que tiene potencial de serlo, espera una revolución del conocimiento.

Estamos frente a una crisis brutal de confianza en la clase dirigente; es común a toda la región, según registra Latinobarómetro.


Un peronista tiene las de ganar porque el país es básicamente peronista en su ADN desde del 17 de octubre de 1945. El Fondo está en plan de ayudarnos comprendiendo nuestras veleidades de adolescentes.
Juan Pablo II decía que somos un país joven, manera sutil de decir adolescente, al que le falta madurez; hay islas de excelencia que conviven con situaciones sociales de enorme precariedad y bajísimo capital humano.
Es un país que a partir de la democracia cada vez se parece más a Latinoamérica; ya no somos un país europeo pobre. Las empresas deben sumar porque dan la base material de la vida; los empresarios, con muchas excepciones, no han estado a la altura de las circunstancias por prácticas de corrupción asociadas a veces a la extorsión de los gobiernos.
Bueno sería que mucha gente de empresas se volcara en el 2023 al sector público y a la nueva administración para dar una mano. Ocurrió, con sinsabores, durante el macrismo.
Son desafíos interesantes y tenemos mucho para aprender de países pequeños como Uruguay y Chile, entre otros latinoamericanos, que están dando una batalla dramática clásica en la región desde la fundación de la Cepal para que el desarrollo nos saque del peor lugar del mundo, que ostentamos en las mediciones comparativas de igualdad social.

Eduardo L. Fracchia
Director del área de Economía del IAE Business School de la Universidad Austral