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Estabilizar los precios y la coalición

EL DESAFÍO ES POLÍTICO
El gobierno entra en una nueva fase política en un contexto económico y social muy complicado. El principal desafío es la inflación. Pero también debería controlar las disputas en el vértice del oficialismo.
Publicado 11 de agosto

Eduardo L. Fracchia
10/08/2022 Revista Fortuna - Nota - Información General - Pag. 20

Llegará Alberto Fernández con nafta a las elecciones de 2023 o se quedará con poco, como Lole Reutemann en el autódromo? En el plano internacional, hay una complejidad por la guerra y por tasas que fueron bajas mucho tiempo. La guerra va para largo y los efectos en alimentos y energía persistirán. Las cadenas de valor se resienten por el proteccionismo de un capitalismo con fricciones, esto resta eficiencia al sistema. La globalización no va sobre ruedas como parecía en los 90, y tampoco la democracia. No hay fin de la historia como propuso Fukuyama.

En un plano más cercano, el Presidente y sus guiños a los países excluidos de la cumbre americana es un atraso que, sobre todo, que no respetan los derechos humanos.

Las complejidades económicas se realzan cuando los mercados financieros y los deudores no logran coordinar posiciones.

Sin embargo, la crisis no se ha desatado en el país. Estamos lejos de un episodio traumático severo como tuvimos en el Rodrigazo del 75, o en 1989 con la hiper por la inoperancia radical mezclada con el pánico al populismo del escenario menemista, o en 2002 por la demora en rectificar la ficción del 1 a 1 sin los deberes fiscales hechos.

La paz social es cara: no hay desmanes ni saqueos, ni piedras en el Congreso ni muertos como en el final del 1 a 1, pero hay mucho clientelismo y dirigentes políticos, no sociales como Margarita Barrientos, pues tienen de rehenes a piqueteros que cobran planes y pagan un peaje al sistema.

Transcurrieron veinte años de este método que sacude la cultura del trabajo por su corrupción y productividad tan baja sumadas al corte inconstitucional de la vía pública que el gobierno de CABA permite para minimizar conflictos muy severos.

La gobernabilidad cuesta: no hay desmanes ni saqueos, pero hay mucho clientelismo ejercido por los llamados movimientos sociales.

El consumo es empujado por la inflación: la gente no ahorra, no puede hacerlo y va a bienes. En mi perspectiva, este año cierra en 90% de inflación y el año que viene en 110%, con bandas de varianza importantes. Cristina Fernández empujará paritarias. Hay temor a devaluar el oficial, que es fundamental para cerrar una brecha insoportable que estimula el deporte nacional de sacarle dólares al Banco Central. El cepo es un colador, como dice la profesión, y esto va a peor. La idea es importar todo lo que se pueda porque se anticipa la devaluación no deseada por la Vicepresidenta y, muchas veces, estimulada por el FMI.

MERCADO Y SOCIEDAD.

El mercado hará en algún momento el ajuste si el gobierno no lo impulsa. La sociedad espera hasta las PASO.
Es evidente la inacción del doble comando e inconsistencias crecientes por parte del Ejecutivo.
Hay un tercio de chances de que esto termine muy mal con salto fuerte de la cotización blue, caída importante de la demanda de dinero y aceleración de la estanflación.

También es posible un escenario de continuidad en el cual el Frente de Todos podrá dar pelea por tratarse de un país peronista desde el 17 de octubre 1945.

Si bien se asocian con deuda en divisas, los peligros también se presentan cuando las disrupciones de deuda son en moneda local.

Con el FMI podrían complicarse las cosas, pero ellos son, en parte, cómplices de esta gestión. Lo mismo ocurre con los sindicalistas que no salen a la calle con caída de 30% del salario real y 40% de pobreza creciente.

¿Y LA OPOSICIÓN? El triunfo de la oposición en las elecciones del próximo año es probable, pero todavía falta muchísimo. Para Cambiemos, sería la oportunidad histórica de enmendar el fracaso de la primera gestión, para poner al país en línea con casi todos los países de la región que están buscando un capitalismo con sentido social.

Implicaría un gran desafío porque la herencia será tremenda y haría bien en preparar un programa amplio de gobierno que, a la vez, sea profundo. También necesitará una legión de funcionarios idóneos. Ya no hay lugar para las improvisaciones.

Sería un éxito llegar al 2027 con 35% de inflación sorteando los vencimientos crecientes del programa del FMI.

El 98% del problema es político; la receta económica sin rumbo político es intrascendente. Para adelante, la clave será recrear la esperanza porque los pobres son los que más sufren con un modelo inflacionario que no crea puestos formales desde 2010 y van a reaccionar contra el populismo con más fuerza.

Crecerá la izquierda como en la elección legislativa, en la que fue la tercera fuerza, y también los liberales.
Mientras tanto, las empresas, a ponerse el casco. Errores no muy grandes pueden, como dice Miguel Kiguel, espiralizar la inflación, tal como ya nos pasó.

 

DESEQUILIBRIO FISCAL CRÓNICO

Por Martín Calveira

La deuda pública doméstica o una economía fuera del Corredor

Las crisis de deuda soberana se asocian con eventos de imposibilidad de pago de un conjunto de pasivos del sector público ya sea en moneda extranjera o doméstica, lo cual, de ocurrir, se materializa en default de la deuda con efectos adversos sobre la económica.

Las complejidades económicas se realzan cuando los mercados financieros y los deudores no logran coordinar posiciones, se reconfiguran expectativas de los agentes y se generan incentivos distantes a los de un sendero estable de crecimiento macroeconómico, con posibles disrupciones de corto plazo, es decir, se demarcan y activan tensiones no deseadas en el funcionamiento de la estructura económica.

Esos eventos se observaron en diversos países luego de la irrupción de la crisis financiera internacional de 2007-2008 y en la recordada crisis de deuda de la década de 1980 en nuestra región.

Si bien generalmente se asocian con deuda nominada en divisas, los peligros también se presentan cuando las disrupciones de deuda son en moneda local, a lo que se alude cuando se argumenta que la nominalidad de los stocks y flujos también importa.

En todos esos casos las economías tienen que reconfigurar decisiones de política e implementar programas de estabilización de los que previamente eran reticentes en aras de evitar el traslado hacia una morfología macroeconómica no sustentable. Mucho de esto ocurre actualmente en nuestro país.

El acuerdo entre Argentina y el Fondo Monetario Internacional implica no solo evitar un evento de default con el organismo, sino también varios objetivos para dar inicio a un proceso de sustentabilidad macroeconómica. Dos de esos objetivos, de gran vinculación y de gran dificultad, son la disminución gradual del financiamiento al sector público por parte del Banco Central y la convergencia a un equilibrio fiscal primario en el período 2022-2024. Esto implica desafíos importantes para el gobierno, principalmente en materia de financiamiento, que pueden transformarse en mayores complicaciones o, contrariamente, en un corredor de estabilidad de largo plazo, como aludiría el prestigioso economista y académico A. Leijonhufvud en “Information and Coordination: Essays in Macroeconomic Theory”. El financiamiento en moneda local tendrá restricciones en términos de tasas de interés ante un panorama inflacionario creciente. Si la gestión económica convalida una suba nominal de tasas con el objetivo de tasas reales positivas, el peso de los servicios de la deuda y capital en el esquema presupuestario del gobierno será creciente, es decir, implicará destinar mayores recursos fiscales para afrontar esos pagos en moneda doméstica.

En efecto, un mayor volumen de necesidad de financiamiento en un escenario de alta inflación se traduce en un peso sustancial para las cuentas fiscales, generando la reversión hacia déficits fiscales y un potencial incremento del riesgo de pago, es decir, los ingresos fiscales tendrán dificultades para afrontar los pagos de deuda, conformando riesgo de incumplimiento de deuda interna.

Adicionalmente, en ausencia de un programa de estabilización, la incertidumbre afecta los incentivos de los agentes económicos para sostener la actividad y un eventual proceso de desinflación. En ese contexto, la probabilidad de mayor inflación no es menor, las tasas de interés reales serían negativas y la irrupción de una devaluación de la moneda para licuar pasivos sería una de las opciones de política ante la posibilidad de un default en moneda doméstica.

Por otro lado, el panorama macrofinanciero puede situarse en un espacio de recuperación y crecimiento. El anuncio de un programa macroeconómico de estabilización principalmente sobre la inflación debería modificar expectativas y su eficacia dependerá de la confianza y la cohesión social.

Las experiencias de estos programas se asocian con una recuperación de la actividad en el corto plazo y, posteriormente, la apertura a la inversión privada. Un inicio de desinflación y el sostenimiento de la actividad generarán ingresos fiscales y, por lo tanto, una menor fragilidad financiera del sector público. En este caso evitar la apreciación real de la moneda será otro elemento determinante para eludir una nueva crisis del sector externo.

Muchas experiencias internacionales lograron programas de estabilización y crecimiento precedidos de alta inflación. De hecho, el régimen de Convertibilidad fue un plan exitoso en términos de eliminar la inflación crónica desde la década de 1970. Por lo tanto, se plantean dos horizontes para la gestión económica. Uno de ellos (no esperado por nadie) es conducente a un potencial default de deuda local que puede determinar una nueva crisis macroeconómica fuera del corredor estable. El otro horizonte se asocia con el inicio de sostenibilidad, pero que demanda un programa creíble que cohesione a la sociedad en su conjunto lo cual principalmente es responsabilidad de la gestión política y económica.

Investigador del IAE Business School

 

 

Eduardo Fracchia Economía

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