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Una revolución de inversiones

La Argentina requiere que los miles de proyectos que anidan en las pymes puedan ser concretados y no que sean ahuyentados por una legislación que atrasa. Hace falta una reforma laboral bien hecha.
Publicado 5 de septiembre

05/09/2022 Revista Clarín - Pymes - Nota - - Pag. 9

En la Argentina, ser empresario pyme es heroico. La realidad de las pequeñas y medianas empresas es similar en todo el país y está influida por el entorno político y económico, como las grandes empresas, pero con menos espalda y menos “seniority” en su gestión. La imprevisibilidad las afecta por demás, a diferencia de lo que sucede en Estados Unidos, Europa o Japón. Gran paradoja de ser un país con vocación de emprendimiento y creatividad.

Los temas en las pymes son los de siempre: las tensiones relativas a las presiones del Ejecutivo que amenaza con la doble indemnización, la prohibición de importaciones, la dificultad de tomar dólares, con burocracias tediosas que liman el valor de la moneda estadounidense con reglamentaciones muy discutibles.

Se necesita una reforma laboral moderna con sentido bien popular para que los empleados no sean de segunda categoría como ahora. Hay 6 millones de empleos blancos formales que están clavados desde hace 12 años, cuando el kirchnerismo empezó su declive después de años gloriosos para las pymes, en los que hubo mucha creación de empleo.

Es imposible hablar de la pyme como un ente homogéneo, los parecidos son importantes, pero hay que matizar: hay patrones comunes, pero realidades muy distintas en cuanto a capital humano, sector, geografía y financiamiento.

Nuestro sindicalismo promedio atrasa, con excepciones valiosas.
Ven la reforma laboral como una pérdida de ingresos monetarios y de derechos. Es todo lo contrario si se hace con valores republicanos y de opción preferencial por los pobres, como plantea la doctrina social de la Iglesia. Sin una reforma laboral bien hecha, con sesgo explícito en favor de los pobres, de los jóvenes, de las mujeres, de los de menor capacitación, de los de capacidades diferentes, los avances serán menores. Y seguirá la clase tercera del Titanic para las pymes y la primera para los formales, aumentando la grieta social. Pura ideología y nada de evidencia empírica. Es clave una reforma educativa para formar con empleabilidad dinámica, porque no tenemos idea de cuál será el mapa de empleo del futuro.

¿Cómo seguirá el entorno macro de las pyme argentinas, asumiendo que no habrá reformas ni laboral ni impositiva? La macro por delante incluye una inflación soportable, que cerrará en las elecciones entre 90 y 120% anual, con mucha emisión. Con esa inflación se destruye el salario real, aunque no hay riesgos de Rodrigazo o hiperinflación.
El riesgo país seguirá alto: el país no está en el mapa. El blue puede trepar un poco más como en las últimas semanas, sin que se esperen corridas importantes como las que sufrieron Macri o Alfonsín en la híper. Está el riesgo de desequilibrios porque el Banco Central funciona sin nafta, casi sin reservas. Ayuda en parte la soja, con cotizaciones históricas en lo que va del año.

Por el lado de la actividad debemos esperar poco, pero esto depende de los sectores y no se puede generalizar. La exportación no es un tema relevante: solo 10.000 de las más de 850.000 pymes argentinas exportan. Sería muy deseable exportar siendo un país tan pequeño y cerrado, pero estamos lejos de hacerlo.

La Argentina requiere de proyectos de inversión que no sean ahuyentados por una regulación que atrasa. Se necesita una revolución de inversión como lo fue la más extraordinaria de nuestra historia, la que se dio en la Generación del 80: una Argentina que integró a nuestros bisabuelos casi analfabetos que venían de Europa y en 50 años los metió en una dinámica de clase media desconocida en la región. Sin ese compromiso de la generación de Roca y Sarmiento, que quiso reeditar Frondizi con los votos de Perón, seguiremos con pymes de poco protagonismo y pasivas para influir en la transformación que supone el desarrollo, ese desarrollo anhelado como el nuevo nombre de la paz según Pablo VI.