Hace muchos meses que los dos amigos pasajeros regulares de la línea 102 -línea de transporte público urbano en Buenos Aires- que se encuentran regularmente en un bar sobre la Avenida Las Heras, el ingeniero profesor de la Facultad de Ingeniería y el contador que es director de la empresa familiar no charlan sobre la empresa de la familia del contador
“Contador, hace semanas que no nos vemos” comienza el diálogo el ingeniero.
“Como siempre digo, tu vicio de hablar de la Dinastía[3] del subdesarrollo”, retrucó el contador.
“Me parece extraño que no te franquees conmigo, claramente uno de tus confesores. Y no te niego que quizás tenga una cuota de muy malsana curiosidad”.
“Como lo pienso tantas veces, tendré que morder de nuevo la bala y contarte lo que ha pasado en estos meses”, se resignó el contador.
“No tenés alternativa. ¿Cómo te fue en la aplicación de las ideas de ese programa online de la ONU sobre resolución de guerras civiles o conflictos internos graves en países?” preguntó con sana curiosidad el ingeniero.
“Repasemos los ejes sobre los que aprendí, ¿te parece?” propuso el contador.
“Dame un poco de teoría, ya me olvidé de lo que me explicaste la última vez”.
“Entonces, cuatro ejes de intervención interdependientes: la restauración de la seguridad, el restablecimiento del imperio de la ley, el fortalecimiento institucional, y la promoción de la reconciliación y la participación ciudadana. Para lo cual es necesario un proceso gradual, adaptado al contexto de cada país, y con un diseño a medida. En aquel momento me preguntaste cuáles serían los principios de gobernanza en un proceso de este tipo. Y yo te contesté que debía haber una legitimidad creciente de quienes conduzcan, con autoridades que surjan de procesos participativos o elecciones limpias y transparencia en nombramientos y uso de recursos públicos. Tiene que haber inclusión de todas las facciones y equidad. Se tiene que reestablecer plenamente el estado de derecho. Hay que avanzar siempre y avanzar con realismo”.
“Recuerdo haberte dicho que estabas usando el lenguaje de un verdadero profeta de la paz”.
“También te dije que había desafíos posibles al proceso: la fragmentación de actores, la corrupción, la captura de instituciones por un bando, el revanchismo y la dependencia excesiva de la ayuda externa”.
“Y llamaste a un consultor”, insertó con sorna el ingeniero.
“Sí, porque me interesaba escuchar un diagnóstico más objetivo que el que pudiera haber armado cualquiera de los miembros de mi familia. Hicimos una presentación con un equipo de la consultora de mi amigo. Al consultor lo percibieron todos como un observador externo e imparcial. Propuso un protocolo familiar y un pacto de accionistas.”
“Lo recuerdo, lo recuerdo. Pero pensaste que él y sus colegas iban a resolver sus problemas y eso suena, a ver, a “dependencia excesiva de la ayuda externa”.
“No me interrumpas. También recordarás que previmos resistencia al cambio, desequilibrios de poder, celos y faltas contra la confidencialidad, exceso de reuniones que lleven a perder la paciencia y la tolerancia con el proceso”.
“Sí, sí, fallas clásicas en cualquier proceso humano” reflexionó el ingeniero.
“Bueno pues todos resistimos en parte los cambios propuestos, quienes tomamos el control del Directorio no quisimos volver a compartirlo porque vimos que nuestros primos se dedicaron a contar a los cuatro vientos los problemas que teníamos, el consultor nos planteó una serie de reuniones cuyo final no se percibía en la eternidad. Nos cansamos todos y yo mismo le pedí que abandonara el proceso y nos dejara empezar de nuevo” confesó el contador.
“¿Pero habían llegado a esbozar los documentos del proceso?” preguntó el ingeniero.
“Nos resultó fácil redactar un pacto de accionistas – que luego no cumplimos empezando por mi grupo. El protocolo familiar ni se pudo empezar porque el resto de la familia se oponía a obligar a los familiares a fijar reglas demasiado claras.”
“Yo veo dos cosas, quizás con mi mirada estructurada de ingeniero. Uno: nadie tuvo paciencia en seguir las reglas que se les proponían para trabajar, desde ya que menos para llegar a una solución. Dos: ninguno tenía vocación verdadera de resolver el problema”.
“Es posible. Nosotros queríamos continuar controlando el Directorio. Ellos querían entrar para abrir mucho la canilla de los dividendos – algo contrario a la filosofía de la familia hasta ese momento”.
“Esto estaba destinado al fracaso”, profetizó tardíamente el ingeniero.
“Hay demanda y contrademanda en juzgado civil por incumplimiento de acuerdos. Uno de los excluidos del Directorio nos avisó que estaba pensando hacer una denuncia penal.
Hemos descuidado tanto el negocio que varios proveedores nos han hecho insinuaciones de querer convocar a un concurso preventivo. Nuestros clientes habrán sentido vibraciones, pero están alargando plazos de pago con la excusa de la situación del país. Es la tormenta perfecta.”
“Lamentablemente el Chapulín Colorado[1] ya no existe más – deberán encontrar una solución entre Uds. La evidencia ya es incontestable – la pelea está afectando el giro del negocio y sin dudas el valor de la compañía. Recuerden la metáfora de Jorge Luis Borges sobre dos pelados peleando por una peluca[2]”.
“No puedo seguir”, confesó el contador. “Tengo que volver a casa para el almuerzo”.
“Vaya nomás”.
Debate inconcluso, esperemos poder ser testigos de su continuación. Si algún lector sintiera la necesidad de contribuir a resolver este rompecabezas, sus comentarios serán bienvenidos.
[1] Superhéroe de una comedia mexicana a quien se invocaba preguntando “¿Y ahora quién podrá ayudarme?”
[2] Referencia al conflicto por las Islas Malvinas.
[3] Serie sobre una familia inmensamente rica en el estado de Texas, en sus dos versiones de la década de 1980 y del siglo XXI.
